Hace apenas un par de días me encontré de casualidad un texto, un texto de Peter Brown que se correspondía con una lección abierta que nos ofreció a los lamentablemente pocos que le pudimos ver en el I Congreso New Perspectives on Late Antiquity (Segovia, octubre del 2009), germen del estupendo Centro Internacional de Estudios sobre la Antigüedad Tardía “Teodosio el Grande”. Sospechosamente se asemejaba bastante a otra conferencia que le escuché al propio Peter Brown en el año 2007 en Oxford, con motivo de la inauguración del Oxford Centre for Late Antiquity, el OCLA, dirigido por Bryan Ward-Perkins. A Peter Brown le perdonamos esto y muchas más cosas, a fin de cuentas, él es el gran gurú del concept itself de Late Antiquity y el que en ambas ocasiones argumentara lo mismo no se debe tomar con mala sangre, en absoluto, sino como la demostración de que consideraba a su auditorio del mismo nivel a aquel oxoniense que más bien parecía una paralela del star system británico de la historiografía de este período. A fin de cuentas, los grupos de música cuando van de gira cantan las mismas canciones o, en el caso del teatro, Faemino y Cansado estuvieron una década con el mismo espectáculo y no por ello dejé de verlos tres o cuatro veces.

Este texto se nos proporcionó con antelación a los asistentes por si acaso alguien se mostraba incapaz de entender el inglés tan fino, sabio, transparente y delicioso del maestro irlandés. Sus palabras flotaban en el aire, a la espera de ser prendidas y saboreadas. Con los años he descubierto –un poco a mi pesar– que en los congresos, seminarios, coloquios, encuentros etc, etc, etc., cada vez presto menos atención salvo que esté predispuesto a tal o cual tema y, en consecuencia, espero a la publicación. En el caso de esta lectura de Peter Brown no albergaba hastío antes, ni desconecté durante y, mucho menos, me arrepentí después. Los críticos de cine, más o menos pedantes, cuando ven algo que les estremece –para bien–, hablan de verdad en la película o actuación que diseccionan y, aunque el uso de este vocablo-concepto me produce repelús personal, humano, científico etc., en el caso de esta intervención no puedo evitar sentir lo mismo. Siento verdad, su verdad, que hago mía.

Peter Brown nos ofreció una revisitación de los orígenes de la Antigüedad Tardía que él creó, si bien, como es inevitable, a través de unos antecedentes historiográficos bien evidentes en las obras de ciertos autores de la primera mitad del s. XX. La historia y la historiografía misma son fenómenos de acumulación, no tanto de ruptura como de cambio y él aplicó esta noción con un grado de belleza intelectual difícilmente igualable.

Lo hizo desde un punto de vista tan personal como científico, con una humildad y un saber hacer del que debería tomar nota hasta el último orco del Mordor científico y que más de uno conocemos. Peter Brown tuvo el acierto desde su seminal The World of Late Antiquity de ofrecer un marco con rasgos propios, distintivos, en el que inscribir un período de tiempo que durante mucho tiempo se consideró problemático pues daba bandazos entre la historia antigua y la medieval.

Aquí debo comenzar propiamente mi “verdad”. Hace años, más años de los que me apetece reconocer, atendía a una asignatura obligatoria del último año de mi carrera de Historia en la Universidad Complutense. Se trataba de Tendencias Historiográficas del Mundo Antiguo y me la impartió otro historiador singular, Domingo Plácido. En aquel momento vivía tiempos de confusión (historiográfica) y, aunque, tenía claro que deseaba continuar con la historia, puesto que desde los doce años sabía qué quería hacer, dudaba sobre el tiempo. Desde qué inicié la carrera di bandazos por los distintos ámbitos de la historia: empecé interesándome por la Historia del Islam, pues el año anterior comencé la carrera de Filología Árabe y luego pasé a la Historia de América para más adelante introducirme definitivamente en dos ámbitos de los que no me separaría jamás hasta finalizar mis estudios: la Historia Antigua y la Medieval. Hice los dos itinerarios completos y cuando llegué al segundo ciclo seguía sin tenerlo claro. Tanto que decidí optar por Métodos y Técnicas Historiográficas, asignatura obligatoria de cuarto de carrera, en el Departamento de Medieval y, como ya he avanzado, por Tendencias Historiográficas de quinto en Historia Antigua. Seguía sin tenerlo claro hasta que Domingo Plácido nos indicó que a lo largo de su asignatura debíamos elegir un número de libros de historiografía del mundo antiguo para leerlos, analizarlos y comentarlos en clase. Sentí algunos momentos de vergüenza ajena con las elecciones de mis compañeros, puesto que no exagero si digo que el 90% de los libros escogidos se correspondían con libros expuestos en nuestra biblioteca en la sección de libre acceso, a ser posible con aquéllos de pequeño tamaño. No me excedo si digo que en una clase de quince, diez leyeron y comentaron El Hombre Romano y La Religión Romana de Pierre Grimal y cinco-seis lo hicieron con El Mundo de Odiseo de Moses I. Finley, o escogieron cosas lamentables como la Historia de Roma (o la de Grecia, tanto monta) de Indro Montanelli.

En aquel momento yo era becario de la biblioteca de la Facultad de Derecho de la UCM y entre mis aficiones,  aparte de procurar escurrir el bulto en el trabajo todo el tiempo que pudiera, se encontraba la de vagar por el catálogo de la Biblioteca de la universidad. Uno es así… Me encontré con dos libros cuyos títulos me atraparon y de los que jamás me podré arrepentir. Por una parte, descubrí La Revolución Romana de sir Ronald Syme, traducido estupendamente por Antonio Blanco Frejeiro (y vuelto a reeditar por Crítica muy recientemente, ¡un must para estas navidades!). Este libro me dejó en estado de shock, tanto que le considero el mejor libro de historia que jamás he leído y que probablemente nunca lea. Sin duda, es el libro que me gustaría poder escribir algún día. Su maravilloso estilo, su contundencia, su conocimiento del período y, especialmente, su mensaje, me dejaron prendado. El segundo libro que escogí fue precisamente El Mundo de la Antigüedad Tardía de Peter Brown editado, al igual que originalmente el de Syme, por Taurus y que, al contrario que ha ocurrido con el primero, clama al cielo que no haya vuelto a reeditarse. Editores españoles del mundo, si leéis esto, ¡no tardéis en haceros con sus derechos!

 

 

¿Por qué lo elegí? Por algo tan trivial como el título, pues por aquel entonces como la inmensa mayoría de los estudiantes de Historia en quinto año de carrera no tenía ni idea de absolutamente nada. El mismo título me atrapaba y me producía muchos interrogantes. ¿Antigüedad Tardía? ¿Qué puede significar eso? ¿Tarde y antiguo no es una extraña combinación? Etc. Ciertamente, ésta puede calificarse como la segunda mejor decisión de mi vida académica. La primera es, obviamente, haber hecho el doctorado con la inigualable, insuperable y estupenda Rosa Sanz Serrano (¡va por ti Rosa!). No tardé mucho en leerlo. No es un libro muy grueso, contiene muchas imágenes, ni tampoco difícil. Es simple, sencillo, transparente y todo aquel que conoce este mundo sabe lo complicado que es hacer algo similar, contar con entusiasmo y nitidez tanto en tan poco. Me capturó de inmediato, me causó tanta fascinación y deleite que, me acuerdo perfectamente, cuando lo terminé me dije a mí mismo que ya sabía adonde me debía encaminar. ¡La Antigüedad Tardía era mía! Se acabó la vacilación entre lo medieval y lo antiguo, puesto que había por fin hallado el mundo en el que me sentía cómodo, en su período de transición.

Cuando estaba escuchando a Peter Brown pensé una y otra vez en aquellos momentos, que me parecían tan lejanos y, gracias a su voz, tan cercanos. ¡Allí estaba el hombre que me llevó por este camino, hablándonos a nosotros, compartiendo su tiempo! Aunque aún no había leído mi tesis en aquel momento, sentí que había cerrado en cierto modo un círculo. Más tarde, avanzada la tarde y cuando abandonábamos la estupenda Academia de San Quirce de Segovia me atreví a cometer el mayor acto de peloteo de mi vida, si bien con buenas razones como he tratado de explicar antes. Me acerqué a Peter Brown y le dije lo importante que había sido en mi vida haberle leído en aquel momento. Me respondió con una sonrisa y me agradeció mis palabras, sin grandes alardes. Me sonrió y simplemente me preguntó sobre mi trabajo. Tuvimos una conversación estupenda que más tarde retomamos, conjuntamente con su encantadora esposa, en un bar de la Plaza Mayor de Segovia.

Aunque hoy día no comparta todos los argumentos de las tesis de Peter Brown y sobre todo de su escuela, tanto que, en opinión de un chispeante autor de una recensión cercana publicada en Bryn Mawr, mi postura se englobaría dentro de lo que denominó como Contrarreforma. No obstante, los méritos de Peter Brown son tantos, tan buenos y decisivos, que me rindo ante lo que ha hecho y le agradezco el haberme introducido en la Antigüedad Tardía.

¿Por qué? Éste es un período apasionante, de constante cambio y redefinición, de crisis y recreación en todos los planos de la existencia del mundo romano, desde el político al económico, desde el social al militar, desde el religioso al artístico. Nunca en la historia romana confluyeron tantos factores y sus consecuencias fueron duraderas en el posterior mundo medieval puesto que, como he indicado, la historia no es una sucesión de rupturas, sino un proceso acumulativo de cambios. No obstante, pese a esta constatación, la Antigüedad Tardía destaca sobremanera. Es un tiempo singular en el que se observa una integración muy particular entre el mundo romano y el bárbaro, puesto que el Imperio comenzaba a mostrar una debilidad flagrante, lo que conllevó una reformulación del estado romano a fondo, en el que con la forzada penetración del cristianismo se observa una explosión religiosa de efectos enormes en el período. Por otra parte, el feudalismo ya asomaba la patita. Una vez que el Imperio Romano de Occidente sucumbió, algunos de estos procesos adquirieron connotaciones propias y no menos apasionantes, si bien el mundo posrromano a partir de aquel momento, como es obvio, quedó fracturado y ciertas dinámicas adquirieron rumbos muy distintos entre sí.

Un inciso con respecto a la religión, a los conflictos de creencias en el mundo tardoantiguo. Por una parte, considero que éste momento, al menos en los siglos IV y V, se podría definir como un período de experimentación y hasta cierto punto como una especie de New Age espiritual retroactiva, en donde la tolerancia no brilló precisamente, si bien paradójicamente aunque el cristianismo buscase erradicar al paganismo, muy a menudo, no hacía otra cosa que incorporar consciente o inconscientemente elementos de éste. Resulta fascinante el choque entre el mundo pagano y el cristiano y, a su vez, entre las distintas ramas cristianas, pero no estoy interesado ni en la teología, ni en la historia de los obispos, ni tampoco considero que la tardoantigüedad se pueda vertebrar únicamente de acuerdo a este factor. En particular, estoy interesado en los efectos de este choque religioso en la sociedad, economía y política del momento y, por ello, estimo que la teología la deben analizar los teólogos, no los historiadores.

En cierto modo, y para mí esta apreciación es esencial, el mundo tardoantiguo tiene muchos puntos en común con el tiempo en el que vivimos. Al menos, en mi opinión y ante los acontecimientos políticos, sociales, económicos y el progreso tecnológico análogo, tengo la impresión de que vivimos en un período de transición sobre el cuál no puedo sino sentir los peores augurios.

No obstante y en definitiva… enjoy Late Antiquity!

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