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Carpetovetonia

La semana pasada volqué en el blog el articulillo completo, sin censuras, que publiqué recientemente en La Aventura de la Historia relativo a los visigodos. Era la primera vez que escribía algo de pura divulgación y por eso me gustó mucho que varios amigos totalmente ajenos a la historia lo leyeran y, de este modo, pudiera pulsar cómo podía haber caído mi contribución entre la mayor parte de los lectores de esta revista, que según la OJD tiene una divulgación de más de 70.000 ejemplares mensuales. Uno de estos amigos es Rubén Fernández, estupendo programador y desarrollador de apps para Iphone y Ipad . Por una parte, me dijo que le había parecido muy denso, lo que comprendo porque trataba de resumir de aquella manera siglo y medio de historia convulsa y, por otra parte, que había utilizado cierto lenguaje que se le había atragantado y que desconocía. En concreto, el amigo Rubén se refería a “carpetovetónico”, un término que reconozco que es infrecuente pero suponía más extendido. Casualmente, con anterioridad, antes de enviar a La Aventura el artículo, la propia Rosa Sanz me dijo que debía quitarlo del texto por las mismas razones que finalmente refrendaría Rubén. No me acordé de hacerlo y finalmente salió publicado.

Según el diccionario de la RAE, carpetovetónico tiene los siguientes significados:

carpetovetónico, ca.

1. adj. Perteneciente o relativo a los carpetanos y vetones.

2. adj. Dicho de una persona, de una costumbre, de una idea, etc.: Que se tienen por españolas a ultranza, y sirven de bandera frente a todo influjo foráneo. U. m. en sent. despect.

Obviamente, no me refiero a la primera acepción… de la que desconocía su existencia, sino a la segunda.

¿Cuál era el contexto de carpetovetónico? Utilicé este adjetivo en el contexto de la rebelión del primogénito del gran rey Leovigildo y de la siguiente manera:

No obstante, su obra [de Leovigildo] sufrió un contratiempo con la rebelión de Hermenegildo tras la conversión de éste al catolicismo. En contraste con la historiografía más carpetovetónica, hoy día no se considera que la motivación última de la rebelión fuera religiosa, sino meramente política.

Con historiografía carpetovetónica obviamente me refiero a la historiografía a la antigua usanza que en España puede calificarse de nacionalcatólica, reaccionaria y a mayor gloria de la santa madre iglesia, que tuvo un gran recorrido.  Véase aquí, aquí, aquí, aquí, aquí etc.

Mientras estaba reflexionando sobre lo que me había dicho mi amigo, me acordé de un viejo tebeo que había leído decenas de veces cuando era niño y que aún poseo. Se trata del relato en arte secuencial de la biografía de San Hermegildo, perteneciente a la colección Vidas Ejemplares –que también se ocupó de mostrar en papel las vidas de otros cristianos de la Antigüedad como San Juan Crisóstomo o San Jerónimo etc.– y publicada por la editorial mexicana Novaro. Sí, aquélla que llevó por primera vez los tebeos de DC a España y en donde se traducía a Batman como el Hombre Murciélago y a su protagonista Bruce Wayne como Bruno Tapia. No sé cómo llegó a mis manos, pero tengo cientos de tebeos de los años 40, 50 y 60, incluidos muchos de los míticos TBO. He aquí una foto del ejemplar:

Se corresponde con el número 122 del año octavo de la colección de Vidas Ejemplares y fue publicado en México el 1 de abril de 1962, si bien no sé cuando llegó a España aunque el primer dueño de este tebeo pagó 8 pesetas por él. El guión pertenecía al Padre Carlos de María y Campos, la adaptación al medio tebeístico a Javier Peñalosa y el dibujo a Alfonso Tirado, mientras que la portada la firmó Ruy.

Este tebeo no tiene precio, tanto a nivel de guión como de dibujo y, desde luego, es un extraordinario ejemplo de “carpetovenía” rampante, tanto que voy a realizar un análisis del mismo.

Comencemos por la presentación del mismo. Leovigildo y su hijo Hermenegildo hablando sobre el futuro, con Recaredo en un segundo plano.

Hay muchos elementos interesantes. Por una parte, en la primera viñeta, se observan los míticos montes de Toledo –nevados y todo– que, por mor de la generosidad del dibujante, nos los acerca unos cientos de kilómetros a la que es de suponer Sedes Regiae de Toledo. Asimismo, nos ofrece las últimas novedades de la moda pret-à-porter visigoda, las capas blancas con topos amarillos, ideales para irse de romería al Rocío. Por otra parte, nos indican como el peinado tazón hacía furor entre los visigodos. He aquí un primer plano de ambos protagonistas:

Obsérvese la imagen del heredero al trono godo, despierta, decidida, resuelta. Sin duda, como también ha querido recalcar el autor, era un personaje de gran olfato político.

Poco después, ambos partían hacia Sevilla –que no Hispalis, según el tebeo–, en donde se acordó las nupcias entre Hermenegildo y la hija del rey de Austrasia, Sigiberto. He aquí la alegría que mostró Goswinda, esposa actual de Leovigildo y viuda del rey Atanagildo:

Ya se observa el amor filial de Goswinda hacia la prometida de su hijastro Hermenegildo. Obviamente, como se deduce de sus palabras, por fin había encontrado la reina Goswinda compañera para hacer macramé.

Hermenegildo e Ingundis se casaron…

… y como se puede ver, el alcohol corrió libremente. Pero algo atribulaba a la princesa franca y no era su mal aliento ni los ronquidos de su amado.

La pobre andaba atribulada porque Hermenegildo seguía el arrianismo, que aquí califica de secta. Valga indicar que mientras los visigodos denominaban a su credo arriano como religio catholica, definían al católico como religio romana. No me extraña que la pobre Ingundis estuviera hecha un lío.

Ingundis perseguía en su afán redentor a su amorcito por todas partes, incluso en el jardín que, como sabemos en aquel tiempo, era el lugar destinado al retrete regio. He aquí una muestra de ello:


Las cosas no iban bien, así que le llevó al pobre a que un amigo suyo llamado Leandro, a la sazón obispo de Sevilla, le convenciera mientras Ingundis le rezaba a una cruz de piedra sospechosamente similar a una cros Cheilteach o cruz céltica irlandesa.

Hermenegildo ante tanta pesadez, finalmente dijo que sí.

Como estaba más contento que unas pascuas, Hermenegildo nos legó un invento para la historia, las medallas conmemorativas de comunión…

… porque obviamente no eran monedas de curso legal, representación de la soberanía de un monarca pleno que rompía con la supremacía de su padre y que, en consecuencia, planteaba un golpe de estado contra el legítimo ocupante del trono. Tampoco se comprendería de otro modo que aparezca la leyenda “Huid del hombre del saco”, perdón, digo “Huid del Hombre Herético”.

Claro, Goswinda, a la que solo le falta el espejito, espejito mágico, se cabrea, pues se quedaba sin compañera para el club de primeras damas arrianas y decide visitar a la dulce parejita.

Sin embargo, decidida a restituir las cosas a su sitio, la reina Goswinda asume que no hay mejor forma de reconciliación con su nuera que llevarla a la peluquería.

No obstante, a Ingundis no le gusta el look Llongueras. Apesadumbrada, Goswinda decide remendar su equivocación y la regala una estancia en una clínica naturista con sesiones gratuitas de hidroterapia.

A Hermenegildo no le gustan las mercedes de su madrastra y se queja a su padre, el rey Leovigildo (ya afeitado). Claro está, este último no le da la razón y de este modo se declara la guerra entre padre e hijo. Por supuesto, no tiene nada que ver el que Hermenegildo abjurara de su padre previamente y se rebelara. Las mujeres, que son muy malas.

Hermenegildo se acuartela en Sevilla y se trae a unos amigos del extranjero, unos bizantinos que ya llevaban un tiempo en la Costa del Sol que, como es bien sabido, será de aquí en adelante una zona que atraerá a todo tipo de extranjeros y más si son bullangueros. Si no, que se lo pregunten a los africanos o italianos que habían sufrido sus juergas con anterioridad.

A partir de aquí, comienza el delirio. Tras tres años de asedio, las cosas no van bien y el blando del Príncipe de Beckelar godo se arrepiente. Como buena católica, Ingundis le ofrece su hombro para llorar.

Leovigildo que es otro blando, también lo estaba deseando. Atención al modelito Capitán Trueno del rey de Toledo.

Leovigildo, extasiado decide enviar como líder de la legación a su otro hijo Recaredo. Para contactar con él, hace uso de la más alta tecnología del período, aquélla que marcaría el camino a la modernidad…

… ni más ni menos que, al más puro estilo de los Morancos, ¡a grito pelado!

De acuerdo con el curso dramático de los acontecimientos, Recaredo marcha a Sevilla y ante la muralla le pregunta a su hermano si va a casa de un amigo o de un enemigo. Hermenegildo enfervorecido, se reencuentra con su hermano y la soldadesca le aclama como rey… lo que no suena a mucha reconciliación.

Los dos hermanos van de la mano a la corte de Toledo, donde Leovigildo espera a su hijo el descarriado. Curiosamente no pasa nada, se olvida todo y todos tan felices. ¿Todos? No, una persona no está tan contenta…

La infatigable Goswinda no perdona y desea ¡vendetta, farfalla, vendetta! No obstante, avisado por un misterioso individuo, Hermenegildo, decide que su familia disfrute de un crucero por el Mediterráneo mientras él se queda de Rodríguez en Spania.

Goswinda se cabrea…

Decide tomar un rumbo berlusconesco en el asunto y realiza una opa amistosa a ciertos súbditos, para que vayan difundiendo rumores sobre las ansias de poder de Hermenegildo (ojito a la segunda viñeta, ¿parálisis facial o un guiño? Chi lo sa…).

Leovigildo se entera de estos rumores que apuntan al deseo de su hijo de destronarle en conjunción con los bizantinos (ya van dos) y se cabrea por fin. Hermenegildo acaba en el trullo acompañado por dos parientes cercanos de Mickey Mouse.

A Hermenegildo le visita su padre, que lleva en la cabeza algo similar a un plato para el whiskas y éste le acusa. En un primer momento le pregunta por su rebelión y la ayuda bizantina, a lo que su hijo  responde que a éstos los desbandó una vez que se acabó todo el lío anterior… cierto, como hemos destacado, estaban en la Costa del Sol. [Una pena que sepamos que los bizantinos dejaron de apoyar a Hermenegildo porque Leovigildo les compró]

Total, que le convence… y aquí vamos al meollo.

¡Aquí está el quid! Que es católico… da igual que se hubiera rebelado, que se hubiera comportado como un usurpador y que hubiera buscado en su ayuda a una nación extranjera. Todo eso da igual, lo importante es sí cree que la sustancia de la trinidad es la misma o sí se compone de blandiblú ¡Y encima el niño le echa la bronca al padre!

Normal que se cabreara papa Leovigildo. A continuación, Hermenegildo le pide al carcelero ¡pluma y papel para escribir a su mujercita! No vamos a entrar aquí en disquisiciones históricas sobre la introducción del papel en Occidente y el uso de la pluma en la escritura… Ya hemos dicho que Hermenegildo es un flojo y, en consecuencia, se duerme mientras escribe.

Una lluvia dorada de repente se presenta (¿no es un poco paganizante esto?) y le dice que tenga fe bla bla bla

Poco después, pese a que Hermenegildo pidió tinta y pluma, pero no sobre ni sellos, le llega la epístola Ingundis. La pobre se lo toma mal, mientras lee la epístola a la vera de un arco de herradura con decoración aparentemente andalusí (¡toma!)

Erre que erre, Hermenegildo pide un sacerdote católico para recibir los sacramentos. Leovigildo le dice que nanay, que si le acepta a uno de su “secta” (sic), le perdona y todos tan felices. Menudo padrazo Leovigildo…

Hermenegildo se niega, claro. No puede abandonar una fe que no solo le llevará al cielo, le convertirá en santo, le hará protagonista de tebeos… sino que también, provoca que le crezca más rápidamente la barba que el pelo y que le hace parecerse sospechosamente a cierto neohippy que vivió en época de Augusto. ¿Cómo va a renunciar al chollo del catolicismo?

Leovigildo no le deja confesarse con un clérigo católico y Hermenegildo enfila el último viaje de su vida acompañado de un tipo vestido con pantalones y una capucha modelo fantasma del Pacman.

Finalmente, la belleza de las onomatopeyas nos devela el destino del susodicho, un masaje en las cervicales, mientras que Hermenegildo se acuerda de los suyos rodeado de una nube tóxica rosita. Sin embargo, fíjense en que el hacha es mágica, pues en la viñeta anterior es el doble de grande que en ésta.

Una vez que Hermenegildo desaparece del mapa, le sigue poco después su mujer. En ese momento, Leovigildo le da el trono a su otro hijo Recaredo, quien siente un estremecimiento que (aparentemente) no deriva de una mala digestión.

Recaredo coronado, hace un anuncio en un banquete… ¿qué sería? ¿bajada de impuestos? ¿una mejora en los planes de pensiones del reino?

¡No! El propio Recaredo también abjura del arrianismo. Ojo al detalle, abraza la cruz para demostrarlo… un dato interesante porque como es sabido, los arrianos no adoraban a la cruz sino a la representación icónica del Gran Spaghetti Volador.

Entre los godos se dispersa las ventajas y milagros del catolicismo, sin que sepamos a ciencia cierta que hubiera también oro de por medio y finalmente se convierten “casi todos”.

¿Todos? No, en su trono quedaba el irreductible Leovigildo, que ya estaba solo para sopitas y no quería desprenderse de su error (ains, alguien debería haberse documentado mejor).

Finalmente, queda el final Disney.

Sí, la doctrina del amor y de la fe de la iglesia católica, aquélla que fundamentó ideológicamente el terrible antisemitismo visigodo, aquélla que mangoneó en todos los aspectos de la vida del reino a través de los concilios y que en una ocasión, bajo la figura del metropolitano toledano, sustentó un golpe de estado.

En definitiva, este tebeo es una buena muestra de lo que quise decir en el articulillo de La Aventura. Carpetovetónico y profundamente antihistórico, propagandista y falso como un billete de tres euros. Aunque he hecho alguna referencia a ciertos errores históricos, que son innumerables, no vale la pena realizar un análisis en conjunto de los mismos ni tampoco una elaboración plena de la historia de este período. Baste decir que la rebelión de Hermenegildo no estaba motivada por cuestiones religiosas, ni tampoco la reacción de Leovigildo ni está bien bosquejado el desarrollo del conflicto, ni la muerte de Hermenegildo ni, en absoluto, la conversión goda. La veracidad histórica es un elemento accesorio a este tipo de textos y a este tipo de comprensión histórica que hasta hace no mucho estaban bien presentes en la historiografía hispánica y que, por supuesto, perviven en el imaginario católico. Quien quiera profundizar más sobre estos temas, les recomiendo dos libros de fácil acceso y en castellano en donde encontraran respuestas de calidad a éstas y otras cuestiones deformadas o ignoradas en esta Vida Ejemplar. Por una parte, vale la pena recurrir el clásico de E. A. Thompson (2007) Los Godos en España, Alianza, Madrid, aunque no sea uno de los trabajos más brillantes de este enorme historiador británico y, por otra, el más reciente y muchísimo más actualizado volumen de Rosa Sanz Serrano (2009) Historia de los Godos. Una epopeya histórica de Escandinavia a Toledo, La Esfera de los Libros, Madrid.

That’s all folks!

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Los visigodos, esa gente de mal vivir

Hace apenas un mes, publiqué una modesta contribución en La Aventura de la Historia (diciembre 2010) dentro de un dossier sobre el Reino Visigodo de Spania conjuntamente con la inigualable Rosa Sanz y el imprescindible Saúl Martín. Mi parte estaba enfocada a describir la última etapa del reino godo y así lo hice. Quizás alguno me acuse de tremendista o de repetir tópicos con respecto a los visigodos, pero desafío a cualquiera a que contradiga los defectos estructurales del Reino Godo hispano, comunes a todos los reinos germánicos de primera generación -y en buena medida legados del mundo imperial-, y el desastroso papel jugado por la clerecía católica después de la conversión.

A diferencia del texto de La Aventura, aquí incluyo la versión completa del mismo, sin variaciones y con el título original que propuse, un homenaje a Gibbons en clave gótica. Comprendo que quizás no venda como el final utilizado, pero me siento más afín. Desde una perspectiva puramente goda, que no tiene porque coincidir ni con la de sus súbditos hispanorromanos, comienzo con un ligero comentario con respecto al más grande rey que disfrutaron, Leovigildo y acabo con unos bosquejos sobre el final de un reino que se prolongó más tiempo del que a priori debía, más una pequeña encuesta no muy científica.

Auge y caída de la Spania goda.

Con la llegada al trono de Leovigildo (569-586), se abría un nuevo ciclo en la historia visigoda. Su hermano Liuva le había asociado al trono en el año 569 y le legó el gobierno de Hispania mientras se ocupaba de la Septimania, amenazada por las perennes ambiciones merovingias. Leovigildo tuvo ante sí un duro reto, restaurar la Spania gótica después de los desencuentros y calamidades sufridas en las décadas anteriores, como las numerosas revueltas internas y la penetración bizantina en la península. Por otra parte, amplios territorios hispanos escapaban a la soberanía visigoda. Aunque fuera el pueblo más importante de Hispania, el godo no dejaba de ser una gens más. De esta manera, Leovigildo afrontó con éxito a los bizantinos, sometió a la rebelde Córdoba, conquistó La Oróspeda y controló unos movimientos campesinos levantiscos cercanos, similares a la antigua bagauda. Más tarde, emprendió una serie de campañas en el noroeste, en las cercanías del Reino Suevo y en los márgenes de la antigua Cantabria contra ciertos pueblos que, gobernados por sus aristocracias locales, vivían independientes desde prácticamente la desaparición del Imperio. Asimismo, afrontó a los irreductibles vascones, temidos por sus razzias, y creó la ciudad de Victoriacum (Vitoria) como defensa.

No obstante, tan importantes como esta ampliación de la soberanía desde el plano territorial fueron sus esfuerzos en consolidar la monarquía y el Estado visigodo. De este modo, acentuó la diferenciación entre el monarca y la sociedad goda al adoptar como propios determinados elementos de majestad bizantinos; procuró asentar una sucesión hereditaria y evitar la recurrente violencia en la sucesión al trono al asociar a sus hijos Recaredo y Hermenegildo; intentó difuminar las diferencias en el reino entre hispanorromanos y godos gracias a su revisión del Código de Eurico, aboliendo la antigua prohibición tardorromana de los matrimonios mixtos y reformó la administración civil y militar del reino según también el modelo bizantino. Por otra parte, ejecutó una serie de purgas violentas contra la irredenta nobleza gótica y amplió el tesoro real mediante las incautaciones de las propiedades de ésta para así financiar sus continuas campañas militares y ganarse el apoyo de la propia nobleza. Finalmente, Leovigildo designó Toledo como Sedes Regiae del Reino Godo, en contraposición con la corte itinerante anterior.

No obstante, su obra sufrió un contratiempo con la rebelión de Hermenegildo tras la conversión de éste al catolicismo. En contraste con la historiografía más carpetovetónica, hoy día no se considera que la motivación última de la rebelión fuera religiosa, sino meramente política. No en vano, las propias fuentes hispanas rechazaron darle esa cobertura, pese a que Hermenegildo finalmente fuera asesinado. Con posterioridad, el hecho más notable de Leovigildo fue la conquista del Reino Suevo –que había ayudado a Hermenegildo– en el año 585, después de aprovecharse de su conflictiva situación interna.

Al año siguiente Leovigildo moría y ocupó su lugar Recaredo (586-601). Ésta fue la primera vez en la historia del Reino Godo de Spania que le sucedía directamente a un monarca su descendiente. Aunque Recaredo también brilló en el plano militar, como lo demuestran sus campañas contra los francos, pasó a la historia por continuar la obra integradora de su padre y ser el propiciador de la unificación religiosa del Reino al abjurar del arrianismo en el año 587 y, tras salvar diversas rebeliones proarrianas, rechazarlo en el III Concilio de Toledo del año 589. De esta manera comenzaba una nueva era en la Spania goda. A diferencia de la clerecía arriana, la católica –mayoritariamente hispanorromana– ocuparía un lugar cada vez más importante y central en la vida del reino y, asimismo, ni ésta ni los monarcas ulteriores se mostrarían en absoluto tan tolerantes con las otras confesiones y religiones que convivían en la Península Ibérica. Como ejemplo de esta integración, la arqueología ha confirmado la progresiva desaparición de todo elemento de origen germánico en la sociedad goda. Asimismo, destaca el reinado de Recaredo por la aparición en escena de Isidoro de Sevilla, la más importante luminaria de las letras del Reino Visigodo.

No hubo ningún rey posterior a Recaredo que cuestionara su política religiosa y, de hecho, todos continuaron su obra. En este sentido destaca Sisebuto (612-621), un monarca curioso que, por una parte, dio muestras de gran vitalidad guerrera tanto en el norte de Spania como en el sur, pues sus acciones debilitaron enormemente a la Marca Hispánica bizantina –cuya conquista fue culminada por su general Suintila (621-631), rey tras el fugaz Recaredo II, el hijo de Sisebuto–, si bien se le conocen expresiones de repudio por las matanzas derivadas de sus actos y, asimismo, es el único rey godo del cuál conocemos una cierta ambición literaria. Sin embargo, pese a esta actitud, legisló muy duramente contra los judíos y programó sus primeras conversiones forzosas. Tan duro fue que incluso el obispado hispano, encabezado por Isidoro, protestó –tibiamente– contra sus decisiones en el IV Concilio de Toledo.

Las décadas posteriores a la muerte de Suintila fueron tumultuosas y desgraciadamente mal conocidas. No obstante, los concilios ofrecen ciertos detalles importantes como, por ejemplo, el uso que hizo el rey Chintila (636-639) de los V y VI de Toledo, en donde se aseguró el apoyo eclesiástico para el mantenimiento de la monarquía y la condenación de aquéllos que conspiraran en contra de ésta –es decir, estas rebeliones, a diferencia de las del s. VI, no procuraban la creación de poderes independientes, sino el mismo trono. La unidad de Spania de Leovigildo era una realidad–, y también se prohibió la posibilidad de que un hispanorromano accediese al trono. Éste es un dato inequívoco de la existencia de numerosas conjuras antes y durante este reinado y, asimismo, una prueba de la creciente importancia de la iglesia en los asuntos del reino. Paradójicamente, estas disposiciones fueron continuadas a rajatabla por Chindasvinto (642-653), uno de los sucesores de Chintila y a su vez un usurpador, puesto que le había arrebatado la corona a Tulga tras tonsurarle y seguir una de las instrucciones del VI Concilio, que prohibía que cualquier tonsurado aspirara al trono. En consonancia, provocó una purga de aquéllos que habían intervenido en conspiraciones anteriores y promulgó, entre otras medidas, la muerte para todos aquéllos que se alzaran en el futuro en armas o que pidieran ayuda extranjera, fomentó su delación y dictó castigos similares al clero. Asimismo, planificó la supresión del viejo derecho romano, pero esta idea no fue culminada hasta que ocupó el trono su hijo Recesvinto (653-672). Esta obra jurídica capital, conocida como el Liber Iudiciorum, estaría vigente en el derecho hispano durante toda la Edad Media. Asimismo, con su publicación, Recesvinto apuntaló la definitiva defunción del sistema administrativo romano de Spania.

Pese a los esfuerzos de los monarcas, los citados y otros como el obligatorio juramento de fidelidad al rey, por evitar el célebre Morbo Gótico, la ausencia de un sistema de sucesión firme impidió que continuaran las rebeliones internas, como la protagonizada por un hispanorromano, el dux Paulo a Wamba (672-680), sucesor de Recesvinto. Wamba comprendió perfectamente algunas de las debilidades máximas del reino y, por ello, dictó una ley militar que castigaba duramente a aquéllos poderosos, incluidos clérigos que, viviendo en las cercanías de un conflicto, interno o externo, no acudiesen con su mesnada en la defensa del reino. Ésta fue una respuesta a la fragmentación del reino y a la debilidad del rey como militar en jefe del mismo.

Ervigio (680-687) sustituyó a Wamba cuando éste, creyéndose mortalmente enfermo, tomó los hábitos y la penitencia y le designó como sucesor. No obstante, el viejo rey sobrevivió y, pese a intentar recuperar el trono, fracasó ante el empeño de Ervigio, quien para asegurarse el poder realizó enormes concesiones tanto a la iglesia como a la nobleza debido a lo rocambolesco de su coronación. Éste le confió en su lecho de muerte el reino a su yerno Egica (687-702) que, paradójicamente, persiguió con extrema dureza a la familia de su suegro a la par que promulgó una legislación ad hoc para evitar que alguien dañara de igual manera a su suya. No obstante, débil como era, sufrió un intento de usurpación patrocinado, y esto es novedoso, por el propio obispo metropolitano de Toledo. Le sucedió su hijo Witiza (702-710), tratado con benevolencia por las fuentes, si bien la perenne incertidumbre gótica resurgió con su muerte y con el reinado subsiguiente de Rodrigo, quien parece haber logrado el trono fraudulentamente y que, por ello, se enfrentó con aspereza con los descendientes de Witiza. Éste, el último rey godo de Spania, vio como se derrumbaba el reino en torno suyo cuando los musulmanes le derrotaban en la batalla del río Guadalete en el año 711. En apenas unos años éstos dominaron la península, no sin que en este corto intervalo de tiempo los propios godos se enzarzaran en una última guerra civil.

En definitiva, el reino visigodo estaba condenado al fracaso por su extrema debilidad estructural. La monarquía goda no era viable por la fragmentación del poder del reino pese a los esfuerzos de sus reyes, desde que Leovigildo plantease las semillas de la Spania gótica, tal y como se observa en su paranoica actividad legal destinada fundamentalmente a sostener su poder y pese a sus intentos de integración con la población hispanorromana. Al irredentismo centrípeto tradicional de los potentes godos, se añadió un nuevo actor en el drama, la iglesia católica que, a diferencia de la arriana, tenía ánimo protagonista en la vida del reino y así lo hizo notar fundamentalmente a través de los concilios. Su caída era cuestión de tiempo y la llegada a la península de un enemigo fuerte, cohesionado y determinado provocó la caída en cadena de un régimen sin más hilazón que la de su nombre.

Otros temas colaterales.

Asimismo, aparte del cuerpo central del texto, incluí tres aspectos monotemáticos íntimamente relacionados con esta última fase de la historia de los godos de Spania. He aquí el texto completo de los mismos, uno de los cuáles no aparece en la revista.

Los judíos en el Reino Godo de Spania.

La existencia del pueblo judío nunca fue fácil en el Imperio Romano. Ni antes ni, sobre todo, después de la aceptación del cristianismo como su religión oficial. La patrística da sobradas muestras sobre el desprecio y la desconfianza mostrada hacia ellos. De esta manera, mientras Atanasio de Alejandría les consideraba “los enemigos del mundo”, Juan Crisóstomo influenció enormemente en la consideración del judío como el pueblo deicida y el enemigo del dios cristiano. Esta perspectiva tuvo su reflejo jurídico tardorromano y como tal fue asumido por los godos en el Código de Eurico. Sin embargo, mientras el Reino Visigodo fue arriano, los judíos disfrutaron de una existencia relativamente cómoda en contraste con las restricciones contemporáneas católicas. Todo cambió con la conversión de Recaredo y ya en el III Concilio de Toledo se promulgaron las primeras restricciones visigodas. Sin embargo, la persecución propiamente dicha comenzó con Sisebuto, quien practicó las primeras conversiones forzadas, amparándose en la supuesta traición judía contemporánea a Constantinopla en su conflicto con el Imperio Persa, y cuyas medidas tan terribles le valieron una apática amonestación por la clerecía católica. No un rechazo, porque la jerarquía católica no solo respaldaba esta cruzada sino que la abrazaba con entusiasmo, como lo demuestran las alabanzas del VI Concilio de Toledo ante la determinación de Chindasvinto de acabar con la “superstición judía”. La persecución, con la política de conversiones forzosas y las continuas restricciones que se les planteaba en la vida pública, social y económica del reino, fue subiendo de tono con el paso del tiempo y así se observa fundamentalmente en los reinados de Recesvinto, Ervigio y Egica, quien aseguró en el XVI Concilio de Toledo su voluntad de destruir el judaísmo. No resulta extraño que los judíos recibiesen con esperanza a los nuevos señores de Hispania, los musulmanes.

Las difíciles relaciones de la Spania goda con la Galia Merovingia.

La humillante derrota visigoda de Vouillé en el 507 a manos de Clodoveo no solo supuso el final del Reino de Tolosa, sino el comienzo de unas relaciones tormentosas entre estos dos pueblos vecinos –a un nivel incluso intelectual, si se comparan las obras de Isidoro de Sevilla y de Gregorio de Tours– que se prolongaron hasta la caída del Reino Godo. No en vano, los visigodos retuvieron una parte de la Galia, la Narbonense o Septimania, eternamente codiciada por los francos. Lo cierto es que nunca hubo una guerra declarada entre ambas partes, pero sí numerosas escaramuzas fundamentalmente protagonizadas por los francos ante la inacción goda, pese a que su poderío militar era muy superior. Ciertamente, la división del Reino Godo debía dificultar la asunción de una política general más agresiva. Pese a las iniciales diferencias religiosas, éste nunca fue un factor decisivo y, de hecho, el rey Gontrán de Borgoña llegó a apoyar a los rebeldes arrianos de la Narbonense con penoso resultado. Más frecuentes fueron los conflictos a consecuencia de los matrimonios mixtos concertados, que frecuentemente acababan en desastre conforme las princesas francas se negaban a convertirse repetidamente al arrianismo –en contraposición con las más dóciles visigodas–, como ocurrió en el caso de la muerte de Ingundis, la esposa de Hermenegildo, que propició razzias francas contestadas por Recaredo, quien realizó las únicas expediciones de castigo visigodas. Asimismo, en el contexto de la conquista sueva, se produjo un curioso incidente que conocemos a través de Gregorio de Tours. Al parecer, con el objeto de torpedear cualquier auxilio franco, Leovigildo ordenó interrumpir el comercio entre ambas partes mediante un ataque pirático en el Cantábrico. Posteriormente, los ataques francos se harían más esporádicos hasta que una nueva penetración desastrosa en el año 631 marcó el final de su belicosidad.

El III Concilio de Toledo.

Aunque se había convertido al catolicismo en el año 587, el definitivo abandono del arrianismo del Reino Godo tuvo lugar en el año 589 conformé por decisión regia fue convocado y celebrado el III Concilio de Toledo. Recaredo realizó esta intervención en la apertura del sínodo, toda una declaración de intenciones: “cuando los católicos sostenían y defendían la constante verdad de su fe, y los herejes, apoyaban con animosidad más pertinaz su propia perfidia, yo también… encendido por el fervor de la fe, he sido impulsado por el Señor para que, depuesta la obstinación de la infidelidad y apartado el furor de la discordia, condujera a este pueblo que servía al error, bajo el falso nombre de religión, al conocimiento de la fe y al seno de la Iglesia católica”. De tal manera, concluyó que “por lo cual, del mismo modo que anatematizo a Arrio con todos sus dogmas y todos sus cómplices, el cual afirmaba que el Hijo Unigénito de Dios era de sustancia inferior a la del Padre y no engendrado por este, sino creado de la nada, y anatematizo a todos los concilios de malvados que celebraron en contra del santo Concilio de Nicea”. De esta manera, acompañando a su rey diversos obispos arrianos abjuraron de su fe y declararon que “todo aquel que todavía desee retener la fe y la comunión arriana, la misma que hemos conservado hasta ahora, y no la condena de todo corazón, sea anatema”. Por supuesto estas palabras despertaron el fervor de los obispos congregados, que le agradecieron de la siguiente manera sus actos: “¿y a quién Dios ha concedido un mérito eterno, sino al verdadero y católico rey Recaredo?”. No extraña que ya entonces, Recaredo fuera comparado con Constantino I, tal y como dejó escrito en su crónica Juan de Biclaro.

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